Los usuarios crónicos de opioides enfrentan penurias para obtener ayuda y tratamiento

(Nota: este es uno de varios reportajes publicados en los medios de Puerto Rico y gestionados por Intercambios Puerto Rico en conmemoración del Día Internacional de Concienciación de Sobredosis, el 31 de agosto. Incluimos el texto a continuación;  si deseas acceder a la versión digital en el periódico, presiona este enlace

En los últimos cuatro años y medio, 1,163 personas en Puerto Rico han muerto por intoxicación con drogas lícitas, ilícitas y alcohol

Por: Benjamín Torres Gotay

Entre los muchos recuerdos que José Lozada guarda de su tío Henry, con quien se crió en la casa de sus abuelos en Yabucoa hasta la muerte del hombre en 2012, está una frase que le dijo más de una vez: “No lo pruebes”. [Mira el video de la entrevista aquí]

“Cuando nos veía en el vacilón de la calle, nos advertía: no lo pruebes”, recuerda José, un enfermero de 34 años.

Henry Lozada sabía de lo que hablaba. Desde que el sobrino tiene uso de razón, fue adicto a los opioides.“Todo el mundo en la familia sabía que él era usuario. Eso no fue un tabú en la familia. Todo el mundo lo sabía, pero nadie lo juzgaba”, cuenta José. “No era una persona que se pasaba por ahí en la calle haciendo maldades. Era una persona respetuosa, jovial, buena persona. No era un tipo que vivía en la calle, ni nada. Era una persona bastante cool”, agrega el sobrino.

Como suele suceder, la adicción de Henry por los opioides le trajo innumerables problemas. Con la familia, con la justicia, con su salud.

En una ocasión, recuerda José, “fueron a eso de las 10:00 de la noche gritando, gritando, que lo habían dejado en el hospital, que se estaba muriendo”. Había sufrido, supo después el sobrino, una sobredosis, de la que logró sobrevivir.

En el 2012, Henry, que entonces tenía 42 años, llevaba casi una década sin usar drogas. Pero un conflicto familiar, según José, lo llevó a recaer. Su regreso al mundo de las drogas no duró mucho. Apenas un par de semanas después de haber vuelto al consumir, cayó al abismo por cuyo filo caminan, todos los días y todas las horas de sus vidas, los usuarios de opioides.

“Yo estaba empezando a estudiar enfermería. Recuerdo bajar de la universidad, encontrármelo por el camino, saludarlo, llegar a mi casa, acostarme y como a la hora y media llegan corriendo a mi casa, que mi tío estaba muerto”, recuerda José.

“Uno ve estas cosas y uno piensa que nunca le va a pasar a uno y que nunca te va a tocar tan de cerca”, recuerda el joven.

A la familia Lozada le tocó, de cerca, en ese momento, un drama por el que atraviesan decenas de miles de familias puertorriqueñas día tras día.

Se ha estimado que en la isla existen unos 180,000 usuarios crónicos de opioides, de los cuales el más común fue por décadas la heroína, pero que ha sido sustituido en años recientes por el fentanilo, un opioide sintético extraordinariamente potente, adictivo y popular, al que se considera responsable de incontables muertes por sobredosis aquí y en otras partes del mundo.

Todos los usuarios crónicos de opioides caminan a diario por el filo de la navaja. Tratándose de sustancias producidas en laboratorios clandestinos y distribuidas en puntos de droga sin ninguna regulación, nadie sabe a ciencia cierta qué, en realidad, se están inyectando los usuarios.

Toca al adicto, a base del conocimiento que adquiere en la calle, modular la ración que va a consumir y tener la esperanza de que cada cura no sea la última.

En los últimos cuatro años y medio, 1,163 personas en Puerto Rico han muerto por intoxicación con drogas lícitas, ilícitas y alcohol, según estadísticas del Instituto de Ciencias Forenses (ICF). Aunque no hay certeza de cuántos específicamente murieron por sobredosis de opioides, los conocedores de estos temas dicen que son muy pocas las intoxicaciones mortales con otras sustancias.

En el 2017, 319 personas murieron en la circunstancia antes descrita. En el 2018, fueron 296; 325 en el 2019; 120 en el 2020 y 103 hasta el 30 de junio de 2021.

Esto significa que, solo durante los últimos cuatro años y medio, ha muerto casi una persona al día por sobredosis de drogas en Puerto Rico.

Parte de la razón por la cual están sucediendo más sobredosis es porque es un mercado no regulado, no hay control de calidad. Una bolsa de heroína aquí en Fajardo puede tener una calidad y en Loíza tener otra y en San Juan tener otra. Una persona no necesariamente sabe lo que está utilizando. El mundo del uso de sustancias ilícitas es de esa naturaleza”, dice Rafael Torruella, director de Intercambios Puerto Rico, una organización no gubernamental que ayuda a usuarios de opioides en 14 municipios del este de la isla a minimizar los riesgos del uso de sustancias intravenosas.

El próximo martes 31 de agosto, se conmemora la Jornada Mundial de Sensibilización Contra la Sobredosis, una efeméride que Intercambios Puerto Rico aprovecha para volver a acentuar la falta de atención hacia un problema de tan inusitada gravedad de parte de las autoridades puertorriqueñas.

Un estudio de 2017 de la profesora Glorisa Canino para la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (ASSMCA) reveló que el 2.5% de la población de Puerto Rico tiene dependencia problemática de sustancias controladas, que es la definición que se usa para señalar las personas que ni aun queriendo pueden dejar de usar drogas sin ayuda profesional.

De esos, según el mismo estudio, solo el 8% recibe algún tipo de tratamiento profesional basado en evidencia científica.

“Un 2.5% de la población en términos estadísticos no es significativo, no es un número realmente grande. Sin embargo, si solo el 8% de esa población está recibiendo tratamiento, entonces se convierte en un problema de salud pública”, dijo Luis Román, un psicólogo clínico que trabaja para Intercambios Puerto Rico. [accede a video aquí]

La organización aboga por una política pública de manejo de esta población de la que llaman “de bajo umbral”. Esto es, que el usuario pueda entrar y comenzar a recibir tratamientos y medicamentos sin demasiada papelería ni dificultad, pues se trata de personas que no están en condiciones de esperar mucho ni para recibir tratamiento ni para atravesar los laberintos burocráticos que a veces se exigen para comenzar a ser atendidos.

Por ejemplo, antes de la pandemia del COVID-19, la Administración de Servicios de Salud (ASES) exigía múltiples requisitos para, por ejemplo, recibir buprenorfina, un medicamento que elimina, prácticamente al instante, la urgencia de usar opioides y que funciona con tal rapidez que los usuarios la llaman “la milagrosa”. Para obtenerla, los usuarios necesitan una receta médica que no siempre están en condiciones de obtener.

Igualmente, los tratamientos con metadona, otro medicamento que combate la dependencia de opioides, solo está disponible en siete centros que opera ASSMCA en diferentes municipios, no siempre accesibles para los usuarios. Por ejemplo, los usuarios de Fajardo, donde están las oficinas centrales de Intercambios Puerto Rico, tienen que desplazarse siete días a la semana a Río Piedras a recibir metadona, un régimen imposible para la inmensa mayoría de los que la necesitan.

“Lo primero que se necesita es estabilizar todos esos síntomas de la retirada de uso de drogas. No necesitan hablar con un trabajador social, un consejero en ese momento. Lo que necesitan es que los mediques, calmes los síntomas de retirada, la urgencia y entonces hablar de todo lo que se quiera”, sostuvo Román.

Intercambios Puerto Rico también aboga por mayor accesibilidad a la naloxona, un medicamento que puede revertir los efectos de una sobredosis y salvar la vida de quien lo esté sufriendo.

Es un medicamento que se inyecta cuando la persona empieza a mostrar señales de que sufre de una sobredosis y entre tres a cinco minutos después le devuelve la conciencia. Intercambios Puerto Rico los distribuye entre usuarios y cree que debe estar accesible a quien quiera que crea que lo puede necesitar.

“Si la persona no ha dejado de respirar, el 100% se salva con la naloxona”, dijo Torruellas.

La vida del adicto crónico a opioides es un auténtico infierno. Les es obligatorio tener un opioide en el cuerpo todo el tiempo que estén despiertos o, de lo contrario, sufren horribles dolores, vómitos y diarreas. La vida se le va en obtener el dinero para sus dosis, que tienen que suministrarse cada dos o tres horas.

El promedio en Puerto Rico son siete inyecciones diarias por usuario, según estudios hechos por diversas organizaciones; los hay que lo hacen más y los hay que lo hacen menos.

Comer, para los adictos, es secundario. Duermen de noche solo si se han inyectado lo suficiente. Si no, o no logran conciliar el sueño o se levantan a mitad de noche con síntomas de retirada. Si lograran dormir, por ejemplo, ocho horas, se levantan ya con la urgencia del opioide.

Este el tipo de persona al que se le piden órdenes médicas, preautorizaciones y otros requisitos para poder acceder a servicios.

“Hemos escogido hacerles la vida más difícil, cuando para solucionar los problemas de sobredosis y el uso problemático de sustancias lo necesario es bajar el umbral. Lo que hemos hecho nosotros es subirlo”, sostuvo Torruella.

 

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